La rivalidad entre China y Estados Unidos no hace más que crecer, y sus implicaciones afectan con fuerza a Latinoamérica. Mientras Washington hace esfuerzos por opacar a Beijing en múltiples campos, desde la IA hasta el armamentismo, los gobiernos de la región tratan de mantener un equilibrio. ¿Lo lograrán?

Suhelis Tejero Puntes. CONNECTAS
Una reunión entre Donald Trump y Xi Jinping nunca pasa desapercibida. El encuentro en Washington entre los líderes de las mayores potencias ocurre en un momento en que la competencia entre Estados Unidos y China ya no solo se limita a aranceles, chips y vehículos eléctricos. Ahora también se libra en cada puerto, en cada terreno rico en litio, tierras raras, cobre y soja, y también en cada buque que transita por el Caribe y el Pacífico. Esa batalla, aunque ninguno de ellos lo admita abiertamente, se está librando en buena parte en América Latina.
Las presiones de Estados Unidos son permanentes, y se manifestaron, por ejemplo, en la reciente visita del secretario de Estado Marco Rubio a Colombia, Ecuador y Perú, sede del megapuerto de Chancay, construido por China, una de las mayores preocupaciones de Washington. Como escribió el funcionario en una columna en el diario El Comercio, de Lima, “mientras que los proyectos respaldados por el Partido Comunista Chino pasan por alto los marcos legales del Perú y amenazan la transparencia y la seguridad de los datos, el sector privado de Estados Unidos está trayendo inversiones abiertas impulsadas por el mercado, que preservan la propiedad peruana y protegen los intereses de seguridad de nuestro hemisferio”.
Esos esfuerzos hasta ahora han resultado más bien infructuosos. En cambio, los gobiernos de la región llevan meses en busca de un equilibrismo diplomático que ya revela sus contradicciones. Si bien los 14 grandes socios ideológicos de Trump se han sumado al Escudo de las Américas, una coalición militar transnacional para luchar contra los carteles de droga, eso no ha logrado que esos mismos aliados se alejen de los lazos que sus países ya tienen con China.
De hecho, en agosto representantes de tres de esos gobiernos coincidieron en Beijing casi al mismo tiempo. Un gran aliado de Trump, el presidente ecuatoriano Daniel Noboa, emprendió una visita de Estado a China que se extendió por ocho días, una duración inédita para un encuentro de ese tipo. Casi al mismo tiempo el canciller chileno, Francisco Pérez Mackenna, se reunió con su homólogo Wang Yi, mientras hacía lo propio el presidente de la Asamblea Legislativa de El Salvador, Ernesto Castro. Eso demuestra que las presiones de Estados Unidos sobre sus aliados latinoamericanos chocan con una realidad: Beijing ya tiene una influencia real sobre un grupo importante de países de la región.
Solo por citar algunos casos, hace más de una década Ecuador recibió préstamos de China por más de 8.000 millones de dólares, suma que ya ha reducido a unos 1.711 millones. Quito tiene negocios con Petrochina y, desde mayo de 2024, existe un tratado de libre comercio entre ambas naciones, algo que no tiene con Estados Unidos. Por su parte, Chile envía el 70% de su producción de litio y alrededor del 60% de su cobre a China.
Y Argentina, cuyo presidente Javier Milei prometió romper las relaciones con esa nación, luego la definió como “un gran socio comercial”. La razón es sencilla: su país vende a China 60% de su producción de carne y el 90% de su soja. Y, para completar, Beijing aprobó en agosto a Argentina un swap de divisas de unos 19.200 millones de dólares, una operación financiera que permitió a Buenos Aires fortalecer sus reservas internacionales y mitigar la falta de liquidez cambiaria. “Eso nos dice que la relación con China se mantiene y las presiones son fuertes”, dice a CONNECTAS Jorge Heine, exembajador de Chile en China durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet.
La Casa Blanca no ha escondido su deseo de imponer un nuevo orden internacional con el continente americano como su esfera de influencia exclusiva. Sin embargo, en su Estrategia Nacional de Seguridad, a la que Trump llama la ‘doctrina Donroe’, Washington reconoce que cierta influencia extranjera –no menciona directamente a China– en América Latina “será difícil de revertir” y que algunos gobiernos se sienten atraídos a hacer negocios por los bajos costos y las menores trabas regulatorias.
Pero, como indica el documento, “Estados Unidos ha logrado reducir la influencia externa en el hemisferio occidental al demostrar, de manera concreta, cuántos costos ocultos —en materia de espionaje, ciberseguridad, trampas de deuda y otros aspectos— conlleva la asistencia extranjera supuestamente de «bajo costo». Deberíamos intensificar estos esfuerzos, incluso aprovechando la influencia de Estados Unidos en los ámbitos financiero y tecnológico para incentivar a los países a rechazar dicha asistencia”.
Esa estrategia hasta ahora no ha tenido éxito, aunque en otros casos, la presión sí ha tenido consecuencias. Desde su primer día en la Casa Blanca, Trump ha amenazado con recuperar el canal de Panamá argumentando que Beijing lo controla. “No se lo dimos a China, se lo dimos a Panamá”, dijo en enero de 2025. Y algo consiguió, porque un año después, la Corte Suprema panameña anuló la concesión que permitía a la empresa china CK Hutchison operar los puertos Cristóbal (en la entrada atlántica del canal) y Balboa (en el lado del Pacífico). China, como represalia, comenzó en marzo a detener buques mercantes con bandera panameña en los puertos chinos para someterlos a inspecciones de control, una medida que extendió hasta julio. En ese mes, Beijing y Ciudad de Panamá acordaron en principio un tratado marítimo con visos de tregua.
Estos casos de equilibrismo diplomático y comercial entre China y Estados Unidos reflejan lo que Heine denomina ‘el no alineamiento activo’. Se trata de una estrategia con la que los países latinoamericanos, en lugar de elegir uno u otro bando, usan las alternativas que ofrece cada potencia en términos de proyectos de inversión, financiamientos y comercio. “Lo estamos viendo cada vez más y es una realidad. Los países tienen que manejarse en ese sentido con la debida prudencia. Obviamente, la situación actual es compleja, las presiones del gobierno del presidente Trump son muy fuertes, pero eso no significa que no haya margen de maniobra”, señala el exdiplomático chileno.
IA y robótica, la nueva frontera
Otro frente se abre en esa nueva guerra fría entre las dos potencias: la carrera tecnológica y armamentista, con la inteligencia artificial (IA) y la robótica industrial como los nuevos campos de batalla. Al respecto, R. Evan Ellis, profesor de Investigación de Estudios Latinoamericanos en el Instituto de Estudios Estratégicos del U.S. Army War College, cree que si Estados Unidos y Europa logran bloquear la entrada de esos desarrollos chinos en sus mercados, América Latina será uno de los terrenos donde se dirima quién controla la próxima generación industrial.
Al respecto, menciona que China no se destaca precisamente por la calidad de sus modelos tecnológicos, sino por la velocidad con la que los integra. Esto explicaría la postura de la Casa Blanca de mantener el acelerado ritmo de desarrollo de la IA en Estados Unidos, en lugar de reducirlo, como han pedido los directivos de las estadounidenses Anthropic, OpenAI, Palantir Technologies y SpaceXAI por los riesgos ilimitados que podrían poner en peligro el futuro de la humanidad.
Ambos bandos tienen interés en las tierras raras, el agua y el litio, recursos que fluyen en Latinoamérica y que son fundamentales para el desarrollo de las iniciativas tecnológicas. Pero hay un problema más profundo a largo plazo: Ellis advierte que, sin importar quien domine esas explotaciones en la región, esta tendrá una nueva dependencia extractiva que, a diferencia de otras épocas, dejará poco empleo local. Los centros de datos e instalaciones robotizadas no son precisamente industrias generadoras de puestos de trabajo y en cambio requieren ingentes cantidades de recursos para funcionar.
El experto destaca que no está claro si los países podrán desarrollar su propia tecnología, o solo “decidir en qué ecosistema de tecnología insertarse, si es el chino por ser más barato o el de Estados Unidos por tener más oportunidades”.
No obstante, es posible que la discusión ni siquiera llegue a ese punto de elegir entre uno u otro. El exembajador Heine recuerda que durante décadas la Casa Blanca ha argumentado el espionaje para bloquear la llegada de la tecnología de Beijing a la región, lo que considera una posición falaz: “Chile tenía un proyecto para instalar un cable de fibra óptica de internet de una empresa china y hubo grandes presiones de Estados Unidos por cancelarlo. Ahora, el argumento que se usa es que eso podría ser utilizado para espionaje chino. Pero Estados Unidos tiene cuatro cables que lo comunican con China”, advierte.
De la megainversión a la presencia latente
Washington centra el tono del debate político en la enorme amenaza que representa China para la hegemonía de Estados Unidos en el hemisferio. Pero lo cierto es que la presencia del gigante asiático ha cambiado en los últimos años. A inicios de la década del 2000, el Banco de Desarrollo y el Eximbank de China abrieron millonarias líneas de financiamiento a Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina, entre otros, para financiar por ejemplo obras de infraestructura energética, hidroeléctrica y nuclear. Pero ese flujo de dinero, que alcanzó su pico en 2010 con la entrega de 25.000 millones de dólares en préstamos en un solo año, se desplomó a unos 1.300 millones de dólares anuales entre 2019-2023, de acuerdo con los datos de la Red Académica de América Latina y el Caribe sobre China (Red ALC-China).
En efecto, actualmente no existen esos proyectos de gran magnitud, sino inversiones empresariales más pequeñas, pero en sectores claves para la nación asiática: baterías de litio, vehículos o autopartes eléctricos, energía solar y telecomunicaciones. Los datos de la Red ALC-China indican que el número de inversiones se mantuvo prácticamente invariable entre 2019 y 2025, al pasar de 45 a 46 operaciones, pero los montos se redujeron desde los 427 millones de dólares en 2019 hasta los 188 millones el año pasado.
Sin embargo, esto no es un retroceso chino en la región, sino más bien un cambio de estrategia. Rebeca Ray, investigadora del Boston University Global Development Policy Center, dijo que para China esos primeros años de megacréditos abrieron el camino para que sus empresas se lanzaran directamente al mercado latinoamericano, sin depender del respaldo de los préstamos bancarios. “Pero además, los grandes bancos públicos ahora están más ocupados en proveer crédito en la propia China, para impulsar la economía interna”, dijo la experta a Dialogue Earth.
Este cambio de modelo financiero, en el contexto actual, no se ha visto compensado por una oferta equivalente de Washington. Aunque Rubio diga lo contrario, Heine explica que las empresas estadounidenses no suelen presentarse a las licitaciones de proyectos de infraestructura, como sí ocurre con las chinas. De allí que critique la presión de la Casa Blanca para marginar a Beijing sin ofrecer una alternativa a una región que apenas invierte en obras públicas un 2,5% del producto interno bruto.
“Solo África Subsahariana invierte menos en infraestructura que América Latina, así que las presiones de Estados Unidos por disminuir esa inversión, obviamente, tienen un efecto muy negativo sobre el crecimiento económico y el potencial desarrollo de la región”, explica el exembajador.
Con este panorama, el equilibrismo entre las potencias que tratan de practicar los gobiernos latinoamericanos luce como una apuesta frágil. Por separado, cada país ha tratado de aprender a negociar con ambos bandos para aprovechar los beneficios de sus alianzas. Pero queda por ver qué tan sostenible resultará esa maniobra.

Este artículo fue publicado por primera vez el 23 de septiembre de 2026 en la Plataforma Periodística para las Américas CONNECTAS y se difunde en el marco de una alianza entre la Unidad de Investigación Tierra de Nadie y CONNECTAS.